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Los niños de oro
Los niños de oro Märchen

Los niños de oro - Cuento de hadas de los Hermanos Grimm

Tiempo de lectura para los niños: 14 min

Éranse un hombre y una mujer muy pobres; no tenían más que una pequeña choza, y sólo comían lo que el hombre pescaba el mismo día. Sucedió que el pescador, al sacar una vez la red del agua, encontró en ella un pez de oro, y mientras lo contemplaba admirado, púsose el animal a hablar, y dijo:

– Óyeme, pescador; si me devuelves al agua, convertiré tu pobre choza en un magnífico palacio. Respondióle el pescador:

– ¿De qué me servirá un palacio, si no tengo qué comer? Y contestó el pez:

– También remediaré esto, pues habrá en el palacio un armario que, cada vez que lo abras, aparecerá lleno de platos con los manjares más selectos y apetitosos que quedas desear.

– Si es así – respondió el hombre, – bien puedo hacerte el favor que me pides.

– Sí – dijo el pez, – pero hay una condición: No debes descubrir a nadie en el mundo, sea quien fuere, de dónde te ha venido la fortuna. Una sola palabra que digas, y todo desaparecerá. El hombre volvió a echar al agua el pez milagroso y se fue a su casa. Pero donde antes se levantaba su choza, había ahora un gran palacio. Abriendo unos ojos como naranjas, entró y se encontró a su mujer en una espléndida sala, ataviada con hermosos vestidos. Contentísima, le preguntó:

– Marido mío, ¿cómo ha sido esto? ¡La verdad es que me gusta!

– Sí – respondióle el hombre, – a mí también; pero vengo con gran apetito, dame algo de comer.

– No tengo nada – respondió ella – ni encuentro nada en la nueva casa.

– No hay que apurarse – dijo el hombre; – veo allí un gran armario: ábrelo. Y al abrir el armario aparecieron pasteles, carne, fruta y vino, que daba gloria verlos. Exclamó entonces la mujer, no cabiendo en sí de gozo:

– Corazón, ¿qué puedes ambicionar aún? Y se sentaron, y comieron y bebieron en buena paz y compañía. Cuando hubieron terminado, preguntó la mujer:

– Pero, marido, ¿de dónde nos viene toda esta riqueza?

Los niños de oro Cuento de hadas

– No me lo preguntes – respondió él -, no me está permitido decirlo. Si lo revelara, perderíamos toda esta fortuna.

– Como quieras – dijo la mujer. – Si es que no debo saberlo, no pensaré más en ello. Pero su idea era muy distinta, y no dejó en paz a su marido de día ni de noche, fastidiándolo y pinchándole con tanta insistencia que, perdida ya la paciencia, el hombre acabó por revelarle que todo les venía de un prodigioso pez de oro que había pescado y vuelto a poner en libertad a cambio de aquellos favores. Apenas había terminado de hablar, desapareció el hermoso palacio con su armario, y hételos de nuevo en su mísera choza. El hombre no tuvo más recurso que reanudar su vida de trabajo y salir a pescar; pero quiso la suerte que el mismo pez volviese a caer en sus redes.

– Óyeme – le dijo; – si otra vez me echas al agua, te devolveré el palacio con el armario lleno de guisos y asados; pero mantente firme y no descubras a nadie quién te lo ha dado, o volverás a perderlo.

– Me guardaré muy bien – respondió el pescador, soltando nuevamente al pez en el agua. Y al llegar a su casa, la encontró otra vez en gran esplendor, y a su mujer, encantada con su suerte. Pero la curiosidad no la dejaba vivir, y a los dos días ya estaba preguntando otra vez cómo había ocurrido aquello y a qué se debía. El hombre se mantuvo firme una temporada; pero, al fin, exasperado por la importunidad de su esposa, reventó y descubrió el secreto; y, en el mismo instante desapareció el palacio, y el matrimonio se encontró en su vieja cabaña.

– Estarás satisfecha – le regañó el marido. – Otra vez nos tocará pasar hambre.

– ¡Ay! – replicó ella. – Prefiero no tener riquezas, si no puedo saber de dónde me vienen; la curiosidad no me deja vivir. Volvió el hombre a la pesca, y, al cabo de un tiempo – el destino lo tenía dispuesto, – capturó por vez tercera al pez de oro.

– Escúchame – dijo éste, – bien veo que habré de caer siempre en tus manos. Llévame a tu casa y córtame en seis pedazos: dos, los darás a comer a tu esposa; otros dos, a tu caballo, y los dos restantes, los entierras; de todos obtendrás bendiciones. Hizo el hombre tal como el pez le había indicado, y sucedió que de los dos pedazos que plantara en tierra brotaron dos lirios de oro; la yegua tuvo dos potrillos de oro; y la mujer dio a luz dos niños de oro también. Crecieron los hijos, altos y hermosos, y con ellos crecieron los lirios y los caballos.

Los niños de oro Cuento de hadas

Cuando ya fueron mayores, dijeron un día:

– Padre, vamos a montar los caballos de oro y a correr mundo. Pero él les respondió, con tristeza:

– ¿Qué será de mí, si os marcháis y no tengo noticias de vosotros? Y dijeron los niños:

– Os quedan los dos lirios de oro. Por ellos sabréis cómo nos van las cosas: Mientras se mantengan frescos y lozanos, gozaremos de buena salud; si se marchitan, es que estaremos enfermos; si mueren, es que también nosotros habremos muerto. Pusiéronse en camino y llegaron a una hospedería llena de gente que, al ver a los dos niños de oro, empezó a reírse y burlarse de ellos. Al oír uno de los dos hermanos aquellas burlas, se avergonzó y, renunciando a irse por el mundo, regresó a la casa paterna, mientras el otro seguía adelante y llegaba a un gran bosque. Al disponerse a entrar en él, le dijo la gente del lugar:

– No te aventures a atravesarlo, pues está lleno de bandidos y lo pasarás mal; y si ven que eres de oro y tu caballo también, te quitarán la vida. Pero el mozo, sin arredrarse, exclamó:

– ¡Pues pasaré!

Los niños de oro Cuento de hadas

Procuróse pieles de oso, con las cuales se cubrió a sí mismo y al caballo, de modo que no se viese nada del oro, y entró en el bosque, muy confiado. Al poco tiempo oyó un rumor entre las matas, y unas voces de hombres que hablaban entre sí. Dijo una:

– ¡Ahí viene un hombre! Y respondía otra:

– Déjalo pasar, es un cazador de osos, más pobre y pelado que una rata de sacristía. ¡Qué podríamos sacar de él! Y de este modo el niño de oro atravesó el bosque sin sufrir ningún daño. Al llegar un día a un, pueblo, vio a una muchacha tan hermosa, que pensó que no podía haber otra igual. Prendado de ella, fue a su encuentro y le dijo:

– Te amo con todo mi corazón, ¿quieres ser mi esposa? A la muchacha le gustó también tanto el mozo que, aceptando su ofrecimiento, le respondió:

– Sí, quiero ser tu esposa, y te guardaré fidelidad toda la vida. Casáronse y estando en plena alegría y regocijo, llegó a casa el padre de la novia, y al ver aquella boda, admirado, preguntó:

– ¿Dónde está el novio? Le enseñaron el niño de oro, que seguía cubierto con las pieles de oso; el hombre se enfadó mucho:

– ¡Jamás un cazador de osos se casará con mi hija! – exclamó, tratando de matarlo. Su hija se deshizo en súplicas y le dijo:

– Es mi marido y lo quiero de corazón – y, al fin, logró apaciguarlo. Sin embargo, el hombre no lograba quitarse aquella preocupación de la cabeza, y a la mañana siguiente se levantó de madrugada dispuesto a saber si su yerno era un mendigo andrajoso y vulgar. Al entrar en el dormitorio vio en la cama a un apuesto joven, todo él de oro, las pieles de oso esparcidas por el suelo. Retirándose pensó: „¡Qué suerte tuve al reprimir mi cólera; habría cometido un gran disparate!.“

Mientras tanto el muchacho soñaba que estaba de cacería, persiguiendo un hermoso ciervo, y al despertarse dijo a su esposa:

– Me voy de caza. Sintió ella angustia, y le rogó que se quedase a su lado: – Puede ocurrirse una desgracia – le dijo. Pero él insistió:

– Debo ir, e iré. Se fue, pues, al bosque, y al poco rato descubrió a cierta distancia un altivo ciervo, igual al que viera en sueños. Apuntóle para disparar, pero el animal pegó un brinco y escapó. El mozo se lanzó en su persecución, saltando fosos y atravesando matorrales, sin detenerse en toda la jornada; pero, al anochecer, el ciervo desapareció. Al mirar el joven a su alrededor, vio que se hallaba frente a una casita, en la que vivía una bruja. La vieja salió a abrir al llamar él a la puerta, y le preguntó:

– ¿Qué buscas tan tarde, en medio de este inmenso bosque? Dijo él:

– ¿Habéis visto un ciervo?

– Sí – respondió la mujer, – bien conozco al ciervo – y mientras ella hablaba, un perrillo, que había salido también de la casa, ladraba furiosamente al forastero.

– ¡Vas a callarte, maldito perro! – gritó el cazador. – ¡Si no te callas, te pego un tiro! A lo cual replicó la vieja, colérica:

– ¡Cómo!, ¿a mi perrito te atreverías a matar? – y, en el acto, lo dejó transformado en una piedra. Su esposa estuvo aguardándolo inútilmente, y pensando: „De seguro le ha sucedido lo que me temía; ¡me lo daba el corazón!.“

En la casa paterna, el otro hermano no perdía de vista los lirios de oro, y se dio cuenta de que uno se marchitaba bruscamente. „¡Dios mío! – pensó, – a mi hermano le debe haber ocurrido alguna gran desgracia. Tengo que ir en su busca, quizá llegue a tiempo de salvarlo.“ Su padre le dijo:

– Quédate aquí, pues si también a ti te pierdo, ¿qué podré hacer ya? Pero el muchacho respondió:

– Es preciso que me marche, es mi deber. Y, montando en su caballo de oro, púsose en camino y llegó al gran bosque donde su hermano estaba transformado en piedra. La bruja salió de su casa y lo llamó, con intención de encantarlo también a él. Pero el mozo le gritó desde lejos:

– ¡Si no devuelves la vida a mi hermano, te mato de un tiro! La vieja, a regañadientes, tocó la piedra con el dedo e inmediatamente el hermano recobró su ser natural. Los dos muchachos sintieron una gran alegría al verse y, después de besarse y abrazarse, se alejaron juntos del bosque, dirigiéndose uno a casa de su esposa y el otro a la de su padre. Dijo éste al verlo llegar:

– Ya sabía que habías salvado a tu hermano, pues el lirio de oro se enderezó y vuelve a estar lozano. Y, desde entonces, vivieron todos contentos y felices hasta el fin de sus días.

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Estadísticas de cuentos de hadas
Valor
NúmeroKHM 85
Aarne-Thompson-Uther ÍndiceATU Typ 555
Traducciones english deutsch
Índice de legibilidad de Björnsson33.8
Flesch-Reading-Ease Índice37.2
Flesch–Kincaid Grade-Level11.4
Gunning Fog Índice14.9
Coleman–Liau Índice9
SMOG Índice12
Índice de legibilidad automatizado5.2
Número de Caracteres9.695
Número de Letras7.401
Número de Sentencias129
Número de Palabras1.754
Promedio de Palabras por frase13,60
Palabras con más de 6 letras355
Porcentaje de palabras largas20.2%
Número de Sílabas3.230
Promedio de Sílabas por Palabra1,84
Palabras con tres Sílabas416
Porcentaje de palabras con tres sílabas23.7%
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